jueves, 15 de septiembre de 2011

Abismos (vals).

I

Y de repente supo que no era posible. Ya lo había intuido, sabía que se mentía a sí mismo negándolo una y otra vez. Las advertencias no fueron pocas; conforme iba avanzando el tiempo era obvio que el camino que se había trazado en un principio estaba lejos, muy lejos, ahora apenas visible entre la espesa niebla de los recuerdos. El orden de las cosas no era el correcto, si bien ahora su punto de vista estaba trastocado hasta tal punto, que apenas podía distinguir lo que una vez creyó correcto. Lo único a su favor era la inmadurez; la única excusa, el chivo expiatorio en el que se escudaba cuando le preguntaban “¿por qué?” y él respondía “¿cómo podía saberlo?” Y sin embargo, lo sabía. Lo que no calculó entonces fue la magnitud de las consecuencias que sobrevinieron porque él ignoró ese conocimiento y lo echó a un lado. Pero claro, estaba en un momento de su vida donde cualquier camino era posible; la indiferencia de la rutina era incómoda, y los trayectos de la vida tan monótonos, que aquella manera de actuar, por el simple hecho de tener un matiz distinto, lo atrajo como el vacío de un abismo a quien, desde su borde, espera no caer. Cayó, y sólo entonces se dio cuenta de que ya no había vuelta atrás.

II

Era alguien que vivía siguiendo su sombra. Ese día dio espaldas a su sombra y marchó a verla.

“Si me dieras un deseo te pediría, que me dejaras devolvértelo a cambio de un beso.

Entonces moriría sin reproches sabiendo que pude alcanzarte; sería perdidamente feliz; sin despertar jamás del hechizo de tus ojos, pues no hay abismo más grande”.

No añadió nada, y quizás no fue suficiente; empero, la sinceridad fue su arma. Terminó clavándosela a sí mismo, sin siquiera escuchar una palabra de ella como respuesta.

Ahora seguía la sombra de alguien más, y no se sentía muy diferente.

III

El dolor más profundo no admite interrupciones, sino que, como una espiral descendiente, de un momento a otro pierde sus límites; éstos se desvanecen dentro de la inmensa vorágine de recuerdos que todos poseemos, para renacer de vez en cuando con brillo nostálgico, pero ya sin forma definida. Y cuando queremos recordar, encontramos aquello que no queríamos volver a ver jamás.

Jamás. Siempre. ¿Quién ha vivido suficiente para entender la magnitud de estas palabras?

Quizás sean igual de efímeras que el poder de nuestros recuerdos, la trascendencia de nuestros actos, o la presencia de una vida entre tantas. Y sin embargo, lo más superfluo puede brindarnos alguna esperanza. Que el amor que sentimos, como un trueno, arrase con lo que creemos inexorable.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Hating

I can tell I want to be with you… But I want to know why. If I am with anyone else, I just can think on you. But that is mean… I just got trapped, my heart did. And the only way out, is pain?

So you shall disappear of my life, and I can’t believe it. I can’t see it. I don’t want it.

I hate love; is that simple.

Life is full of things to do, but I just want to be with you.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Ambición y deseo.

La ambición por lo desconocido, por aquello que nos intriga y mueve a realizar todo tipo de actos que en otras circunstancias consideraríamos innecesarios, inútiles o ilógicos es algo que caracteriza al ser humano. El deseo de trascender, dejar una huella en el tiempo, en el espacio, y seguir viviendo hasta que el fuego se apague, es propio incluso de quienes creen haber desechado de sí mismos todo anhelo, y es aún más fuerte en aquellos que comparten un mismo objetivo. El motor de la vida es la ambición, y el deseo la chispa que lo enciende. Cada individuo posee una llama cuya intensidad oscila entre la queda existencia y el resplandor de una vida en movimiento; conforme vive encuentra, tanto en su entorno y en los sucesos que presencia como en sus experiencias pasadas, motivos para encenderla con aquella chispa de deseo la cual es en realidad un fantasma, que como las olas viene y va.

No se tome lo anterior como una rígida aseveración sino como la expresión de un pensamiento; creo que para pensar se puede dudar, pero no puede uno expresarse dudando. Y quizás, así como haya quienes critiquen esta pequeña sombra de idea, otros se identifiquen y piensen que, si bien la idea no puede considerarse una verdad, quizás sea la sombra de una verdad para quien sepa verla. Sin embargo, no pienso lo que he empezado a plantear tan solo con esta defensa, muy inclinada a lo subjetivo, sino que pasaré a dar ejemplos.

Empecemos con la mítica historia de “La torre de Babel”: Los hombres, poseedores todos de una misma lengua y unos mismos vocablos, emigran desde Oriente, se asientan en una llanura y empiezan a crear las herramientas que les permitirán construir su insignia, aquella desafiante torre cuya cúspide habría de llegar al cielo. ¿Qué llevó a este grupo a perturbar la tranquilidad de la vida en la llanura construyendo en medio de ésta una inmensa torre de piedra? En este caso los hombres priorizan realizar el acto aparentemente inútil, ilógico e innecesario de construir la torre –pues querer dejar una muestra de poder no apunta tanto a la necesidad como al orgullo– a permanecer en una rutina tranquila. Cada uno de ellos deseaba seguir avivando su llama –y hacerlo marca la diferencia entre vivir y existir-, llevando a cabo actos impulsados por el deseo de perdurar dejando una huella en el tiempo y el espacio, y esto lo compartieron todos, de la misma forma que compartieron la misma lengua y los mismos vocablos. Al verse incapaces de entenderse entre ellos abandonaron la empresa; el deseo se esfumó tan repentinamente como surgió, pues si bien en un principio parecía que su objetivo fuese unificarse, en realidad sus actos eran, simplemente, una manera de dar rienda suelta a la ambición que albergaban.

En otro texto “Las ciudades y el deseo” (Del libro “Las ciudades invisibles”, Italo Calvino), se reúnen también elementos parecidos. Particularmente se hacen identificables dos situaciones: la ambición es constante y el deseo es repentino. Los hombres que se encuentran luego de haber soñado con aquella mujer que corría desnuda y que escapaba a sus manos, construyen la ciudad – Zobeida - como en el sueño, impulsados por el deseo; su ambición estaba allí, pasiva en el interior de cada uno, y de repente el sueño actuó como detonante y los llevó actuar de una manera ilógica… ¿Por qué mezclar la ilusión con la realidad?¿Esperaban que la mujer del sueño llegara a la ciudad que construyeron, o al contrario, quería cada uno trasladar la imagen de Zobeida al propio subconsciente para atraparla allí? ¿Actuaron por mera nostalgia? Si bien el relato es inverosímil y parece estar enfocado en esencia a un propósito artístico, refleja la característica ambiciosa del ser humano, aquello que lo lleva a reaccionar al deseo.

Las calles de la ciudad eran aquellas por las que iban al trabajo todos los días sin ninguna relación ya con la persecución soñada. Que por lo demás estaba olvidada hacia tiempo”. En otras palabras, su ambición permaneció oculta tras la rutina, en espera de un nuevo deseo. Si alguno hubiese soñado conque aparecía la mujer y se escapaba de la ciudad volando, muy posiblemente al despertar se le hubiese ocurrido construirle a ésta un techo.

Por último, en el texto de Borges “Del rigor de la ciencia”, el deseo se manifiesta de otra manera: la adicción. La adicción surge como manifestación del deseo, es la posibilidad de llevarlo a cabo constantemente; si nada lo impide, el sujeto se verá arrastrado por la ejecución de un acto, que repetirá sin estar totalmente satisfecho, pues siendo humano su ambición es perpetua. Sin embargo, en el relato de Borges se puede ver un poco más allá de la simple repetición del acto. Los cartógrafos no sólo querían ejercer su profesión, sino que buscaban, en específico, crear el mapa más exacto posible, y terminaron por hacer una réplica en tamaño real de aquello que deseaban representar. Su deseo no fue comprendido en el futuro. “Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del sol y los inviernos.” Así pues, el objeto del deseo para unos, puede ser cosa vana para otros.

Para terminar diré que, si bien estos ejemplos no son hechos plenamente históricos sino que pertenecen al acervo literario, son idóneos para ilustrar la reflexión que planteé al comienzo de este texto. Sólo me queda añadir que es necesario identificar qué clase de deseo motiva la ambición que cada uno de nosotros lleva por dentro; así podremos analizar de manera relativamente imparcial tanto las acciones propias como las ajenas, sin juzgarlas precipitadamente… Incluso si a primera vista nos parecen inútiles, ilógicas o innecesarias.

domingo, 8 de mayo de 2011

La Bella

No sé por qué me diste, destino,
esta alma que se hunde
como un soplo en la niebla.

No sé por qué trazaste, alma mía,
este camino que se pierde
como el rastro de aquella.

Canto la melodía que me dejó en el viento
y sin embargo, ninguna luz vislumbro
de aquel brillo de estrellas.

Alzo los ojos en vista
de las señales que susurró a mi oído,
para extraviarme en su voz y en el camino.

Lloro, pues mis palabras se ahogaron
bajo este corazón enmarañadas,
cuando más cerca que nunca me enamoraba.

La Bella, que me amó como si nada
y nada dejó más que un recuerdo,
una mirada, y un alma desolada.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Puzzle

Alguien alguna vez afirmó que la vida es corta. Si es así, entonces en ella puede haber un estado de equilibrio y satisfacción; tal como hay momentos en los que sentimos que no falta nada, hemos de hacer de la vida una cadena de esos momentos, inmensa e inmutable, y no caer en la desmotivación por no encontrar la pieza faltante para completar el rompecabezas #21 o #333 de la infinita serie de éstos que compone la vida.



sábado, 23 de abril de 2011

El Reflejo de un pensamiento

Me levanté y lo vi. Era un camino largo y sin embargo, sabía que el final estaba allí, tan cerca que parecía como si sólo necesitara mirar atrás. No era la primera vez que veía esto, lo supe en cuanto desperté, pues despertar siempre me ha provocado el mismo sentimiento: El sentimiento de estar vivo.

Salí y vislumbré las montañas, guardianas de un lugar que no es éste sino otro, y el sol alumbrando con indulgencia sobre mi cabeza. Las nubes volaban hacia el Este, y el viento era suave como una caricia. Pisé la tierra debajo de mí y una cortina de polvo cubrió mis pies. Sentí la necesidad de moverme y caminé hacia un lago que creía lejano hasta que me encontré vislumbrando mi imagen reflejada; al verla supe que estaba completo y que por lo tanto faltaba algo. Eso son nuestros deseos, reflejos de lo inalcanzable: “confundimos el cielo con las estrellas que se reflejan por la noche en la superficie de un estanque”.

Soy una parte de un todo. De alguna manera llegué a creerlo, y ahora, a menos de que alguien demuestre lo contrario, seguiré creyéndolo. Quiero creerlo, y eso, lo que quiero, es en realidad el porqué de estas palabras; y si es o no correcto, no lo sabré mientras esté despierto. Pues eso es para mí vivir: estar obligado a despertar; estar atrapado tras un espejo, estar atado a una cadena, a una fuerza que nos arrastra en una búsqueda que no termina. Una búsqueda inevitable donde el individuo es absorbido por el todo, y el todo es conformado por el individuo.

La vida es un ciclo. Sentado junto al lago mirando al sol brillar, sé que caerá y se perderá en el horizonte, pero luego volverá emergiendo nuevamente. Al despertar nuestros deseos son una fuerza incontrolable, un constante vacío que sentimos necesario llenar; éste impulso nos lleva a hacer parte del todo, aportando con acciones nuestro grano de arena en el castillo en la playa que es la vida, un castillo derrumbado constantemente por la marea del infinito.

Soy un ser humano y no por eso soy más complejo que un elefante africano o una palma de cera; somos parte del todo, y así como hemos descubierto el ciclo de la vida de una planta o el instinto que hace sobrevivir a un animal salvaje también nosotros tenemos una esencia que nos identifica y nos hace una de las partes, ni mayor o menor de éste. La vida del individuo llegará a su fin, pero la muerte no interrumpe la continuidad del ciclo, sino que es parte del mismo: dormir y despertar, vivir y morir.

Si el descanso, si la muerte no existieran, un ideal de perfección que suele acudir a nuestras mentes, el impulso que nos lleva a intentar realizar nuestros deseos no tendría freno y sufriríamos como intentando tocar en un espejo nuestro propio rostro; como sufrimos cuando buscamos una felicidad disfrazada de aquello que nunca podremos alcanzar. La vida es perfecta tal cual es, la muerte no es su opuesto sino parte de ella.

El fin no está lejos, está en nosotros…

Y luego del fin, puede que haya un principio.

domingo, 17 de abril de 2011

Decisión

Despacio, absorbiendo todo cuanto tenía alrededor, caminó hasta el final del puente de madera mientras la soga preparada susurraba la canción de la muerte. Estaba solo, únicamente el viento le hacía compañía.

¿Hay una razón para no hacerlo? Preguntó al vacío, y nadie respondió. Él no necesitaba respuesta, sabía que su voluntad flaquearía si dudaba.

No tenía motivos para seguir. Intentar no es suficiente, debes dar la vida para lograr lo que quieres; el problema es que lo que quieres es tan vano como un pensamiento, y sólo tenemos unos cuantos intentos, mientras que pensamientos hay miles y miles. ¿No es mejor entregar la vida?

Ya estaba determinado. Pero se montó en la pequeña canoa que había amarrado al muelle y decidió pescar un día más.

Llevaría de nuevo a casa la comida, para darles la oportunidad de vivir a sus hijos; aquellos niños pequeños que no podían escoger morir.

lunes, 11 de abril de 2011

Ya no eres tú.

Sé que busco la sombra del amor que perdí,
el roce de dos manos que el viento separó;
vi tu voz en un rostro que parecía tu rostro
y escuché hablar tus ojos con tanta indiferencia
que prefería olvidarte, o no volver a verte,
o morir si lo quieres, pero que mueras tú.

Porque ya no eres tú.
Ahora el fantasma eres de un amor acabado
y aunque diga tu nombre ya no tiembla mi voz;
no tiembla como antes de amor y más amor,
como cuando estrechabas mi alma entre tus dedos
como cuando un susurro bastaba para mí.

Sé que amé tu sonrisa y esa boca de fuego,
se qué adoré tu abrazo eternamente nuestro;
pero no sé bien cuándo te fuiste de mi mundo
y si tuve la culpa no te vayas de nuevo,
devuélveme primero mi corazón entero,
ese que te pusiste debajo de los pies.

Y aunque en la hora del sol me acuerde de tus ojos
intentando despierto soñar con tu mirada,
sé que en el mundo entero no queda nada tuyo
pues un recuerdo es nada, ni siquiera un susurro;
valen más tus palabras, esas que te guardaste
cuando tus labios rojos me dijeron adiós.

Guerra y ambición.

Bajo un cielo teñido de un hedor humanado
donde los gritos se pierden entrelazados con llanto
el viento no corre libre, sólo emite aquel gemido:
el eco de la tierra, de una tierra que sangra.

Atrapada entre nudos está la voz del destino
que es destino únicamente porque lleva nuestra firma.
Allí el humo se alzó, y el fuego no es el culpable;
el humo es insignia nuestra de una ceguera inefable.

Mil almas se levantan, mil almas que se arrastran
llamadas por la muerte que abraza casi viva,
el corazón de aquellos que en un visto y no visto
cavan su propia tumba de aquello que no es suyo.

Y la mano no levanta del suelo un hombre herido,
sólo arranca con fuego las entrañas, lo que brilla,
con el destello rojo de la sangre traidora
que no aguanta, se quiebra, bajo el peso del oro.

Chocolates

Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades.

La primera es la puerta del sueño. El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando alguien recibe una noticia traumática, suele desvanecerse o desmayarse. Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta.

La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que «el tiempo todo lo cura» es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta.

La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad.

La última puerta es la de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado.

Patrick Rothfuss.

Me mantuve firme contemplando sus ojos, intentando adivinar sus verdaderas intenciones. En ellos, la pasión desbordante que la hacía tan atractiva seguía intacta, pero aquel brillo de hostilidad, oculto detrás del velo del deseo, parecía más fuerte.
- Quería verte por última vez – dijo –, y darte esto.
Estiró sus manos dejando ver una pequeña y hermosa caja de chocolates.
- Un vestigio de lo que fui para ti – añadió -. La noticia de mi partida seguramente llegará a sus oídos… de mí no quedará rastro. De esta forma tú y tu chica no tendrán ningún obstáculo. Sabes bien que esta clase de cosas no me afectan, que serás olvidado, como estos chocolates luego de que te los comes -. Terminó Julia con una sonrisa, y se fue sin dejarme pronunciar palabra.
Caminé cabizbajo en dirección opuesta a donde Julia se había ido, aunque quedaría mejor decir que mis pies se movieron solos. ¿Acaso estaba triste por su partida? No, los sentimientos que Julia me inspirase alguna vez se habían esfumado completamente. No obstante sentía que algo me atormentaba, y no lo acababa de asimilar.

- ¿Un año ya? – le preguntó Alicia a la chica que caminaba a su lado.
- Sí, qué rápido pasa el tiempo ¿no es así? Aunque tratándose de él me parece que lo conozco desde hace siglos.
- O sea que ya te cansaste - rió Alicia.
- Tiene sentido – concedió la chica -… pero no, lo amo más todavía.
- ¡Bah! Como quieras, vamos a tomarnos algo antes de que vayas a encontrarte con tu noviecito.
- Tengo prisa así que me iré a casa. Nos vemos luego – dijo, y se despidió con una sonrisa.

Yo seguía inmerso en un estado en el cual no era consciente de lo que pasaba a mí alrededor. Hubiera caminado hasta el fin del mundo antes de que se pasara el efecto. Sin embargo, la conciencia me daba fuertes punzadas para recordarme que no podía escapar de la realidad.
Fui percibiendo como el paisaje cambiaba. Ya no estaba cerca de aquella inmensa plaza rodeada de palmas inmensas abatidas por el viento, ni oía el bullicio de la gente o los carros atascados en medio del tráfico. Miré al cielo, y noté que en las nubes aún quedaban rastros de manchas carmesí pintadas por el sol.
El entorno se me hizo muy familiar y supe que estaba por llegar, entonces la vi en la puerta.
- ¿Sabes qué día es hoy? – me preguntó radiante, pasando por alto que no hablábamos desde hace una semana. La miré, casi como a Julia, intentando descubrir lo oculto en sus palabras. Me destrozó la belleza en sus ojos y enseguida olvidé cuanto había pasado por mi mente.
- Es sábado – respondí, y de inmediato noté que me escudriñaba el rostro-. No te esperaba – añadí.
La joven que tenía delante, mi novia hasta donde yo sabía, empezó a moverse de un lado a otro sin saber qué hacer.
- Lamento – comencé a decir al notar que seguía pendiente de mí - mucho lo que pasó, no sabes cuánto me alegra verte.
Me miró un momento y siguió en lo suyo, como si no fueran las palabras correctas. Se alejó de la puerta y se sentó en un angosto muro de piedra que estaba a la altura de una banca. Aún no oscurecía y, todavía podía ver su cabello mecido por el viento; su imagen estaba allí, a un paso mío, pero sus ojos daban a entender que sumida en sus pensamientos, permanecía muy lejos.
- Lo has olvidado – sentenció -. No sé cómo llegué a pensar lo contrario – murmuró, tan bajo que apenas alcancé a escuchar.
Entonces me miró. Sus ojos me atravesaron el alma con una mezcla que se debatía profundamente entre el amor y el resentimiento; aquel disparo sin misericordia tocó en lo más profundo de mi espíritu, y entonces mi mente revivió los últimos recuerdos con claridad.
Ambos habíamos discutido por varias razones que terminaban siendo una sola: Julia. Aquella chica que aparecía y desaparecía de mi vida como si pensara que yo le pertenecía, era el centro en torno al cual giraban los problemas. Pero ahora se había ido, y aquí estábamos de nuevo los dos; dispuestos a amarnos igual que hace un año…
¡Por supuesto! Era nuestro aniversario, ella me lo había estado insinuando desde mucho antes. Recordé la caja de chocolates que guardaba en la chaqueta dispuesto a enmendar el error. Julia no importaba, aquí y ahora me desharía de su último recuerdo.
Me acerqué decidido y me arrodillé, al tiempo que le acariciaba el rostro y sacaba el oportuno presente del bolsillo de interior de mi abrigo.
- Jamás lo olvidaría – le dije, estrechándola en mis brazos con lo que le intentaba transmitir las más sinceras disculpas.
Ella no cabía en sí de la alegría, y me reprochó por ser tan desconsiderado y fingir todo aquello, pero al tiempo me agarró del brazo y juntos entramos al apartamento. Más tarde, salimos bajo la promesa de que yo había planeado una cena para los dos y que aquellos chocolates eran solo un detalle formal.
Por la noche y bajo el delirio, la muchacha se consideraba más que afortunada; tomó otro chocolate de la caja y su dulzor ponzoñoso le incitó al sueño, el veneno corrió lentamente por su sangre, al tiempo que su mente se sumía en las tinieblas más profundas, detrás de la última puerta.