Me levanté y lo vi. Era un camino largo y sin embargo, sabía que el final estaba allí, tan cerca que parecía como si sólo necesitara mirar atrás. No era la primera vez que veía esto, lo supe en cuanto desperté, pues despertar siempre me ha provocado el mismo sentimiento: El sentimiento de estar vivo.
Salí y vislumbré las montañas, guardianas de un lugar que no es éste sino otro, y el sol alumbrando con indulgencia sobre mi cabeza. Las nubes volaban hacia el Este, y el viento era suave como una caricia. Pisé la tierra debajo de mí y una cortina de polvo cubrió mis pies. Sentí la necesidad de moverme y caminé hacia un lago que creía lejano hasta que me encontré vislumbrando mi imagen reflejada; al verla supe que estaba completo y que por lo tanto faltaba algo. Eso son nuestros deseos, reflejos de lo inalcanzable: “confundimos el cielo con las estrellas que se reflejan por la noche en la superficie de un estanque”.
Soy una parte de un todo. De alguna manera llegué a creerlo, y ahora, a menos de que alguien demuestre lo contrario, seguiré creyéndolo. Quiero creerlo, y eso, lo que quiero, es en realidad el porqué de estas palabras; y si es o no correcto, no lo sabré mientras esté despierto. Pues eso es para mí vivir: estar obligado a despertar; estar atrapado tras un espejo, estar atado a una cadena, a una fuerza que nos arrastra en una búsqueda que no termina. Una búsqueda inevitable donde el individuo es absorbido por el todo, y el todo es conformado por el individuo.
La vida es un ciclo. Sentado junto al lago mirando al sol brillar, sé que caerá y se perderá en el horizonte, pero luego volverá emergiendo nuevamente. Al despertar nuestros deseos son una fuerza incontrolable, un constante vacío que sentimos necesario llenar; éste impulso nos lleva a hacer parte del todo, aportando con acciones nuestro grano de arena en el castillo en la playa que es la vida, un castillo derrumbado constantemente por la marea del infinito.
Soy un ser humano y no por eso soy más complejo que un elefante africano o una palma de cera; somos parte del todo, y así como hemos descubierto el ciclo de la vida de una planta o el instinto que hace sobrevivir a un animal salvaje también nosotros tenemos una esencia que nos identifica y nos hace una de las partes, ni mayor o menor de éste. La vida del individuo llegará a su fin, pero la muerte no interrumpe la continuidad del ciclo, sino que es parte del mismo: dormir y despertar, vivir y morir.
Si el descanso, si la muerte no existieran, un ideal de perfección que suele acudir a nuestras mentes, el impulso que nos lleva a intentar realizar nuestros deseos no tendría freno y sufriríamos como intentando tocar en un espejo nuestro propio rostro; como sufrimos cuando buscamos una felicidad disfrazada de aquello que nunca podremos alcanzar. La vida es perfecta tal cual es, la muerte no es su opuesto sino parte de ella.
El fin no está lejos, está en nosotros…
Y luego del fin, puede que haya un principio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario