Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades.
La primera es la puerta del sueño. El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando alguien recibe una noticia traumática, suele desvanecerse o desmayarse. Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta.
La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que «el tiempo todo lo cura» es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta.
La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad.
La última puerta es la de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado.
Patrick Rothfuss.
Me mantuve firme contemplando sus ojos, intentando adivinar sus verdaderas intenciones. En ellos, la pasión desbordante que la hacía tan atractiva seguía intacta, pero aquel brillo de hostilidad, oculto detrás del velo del deseo, parecía más fuerte.
- Quería verte por última vez – dijo –, y darte esto.
Estiró sus manos dejando ver una pequeña y hermosa caja de chocolates.
- Un vestigio de lo que fui para ti – añadió -. La noticia de mi partida seguramente llegará a sus oídos… de mí no quedará rastro. De esta forma tú y tu chica no tendrán ningún obstáculo. Sabes bien que esta clase de cosas no me afectan, que serás olvidado, como estos chocolates luego de que te los comes -. Terminó Julia con una sonrisa, y se fue sin dejarme pronunciar palabra.
Caminé cabizbajo en dirección opuesta a donde Julia se había ido, aunque quedaría mejor decir que mis pies se movieron solos. ¿Acaso estaba triste por su partida? No, los sentimientos que Julia me inspirase alguna vez se habían esfumado completamente. No obstante sentía que algo me atormentaba, y no lo acababa de asimilar.
- ¿Un año ya? – le preguntó Alicia a la chica que caminaba a su lado.
- Sí, qué rápido pasa el tiempo ¿no es así? Aunque tratándose de él me parece que lo conozco desde hace siglos.
- O sea que ya te cansaste - rió Alicia.
- Tiene sentido – concedió la chica -… pero no, lo amo más todavía.
- ¡Bah! Como quieras, vamos a tomarnos algo antes de que vayas a encontrarte con tu noviecito.
- Tengo prisa así que me iré a casa. Nos vemos luego – dijo, y se despidió con una sonrisa.
Yo seguía inmerso en un estado en el cual no era consciente de lo que pasaba a mí alrededor. Hubiera caminado hasta el fin del mundo antes de que se pasara el efecto. Sin embargo, la conciencia me daba fuertes punzadas para recordarme que no podía escapar de la realidad.
Fui percibiendo como el paisaje cambiaba. Ya no estaba cerca de aquella inmensa plaza rodeada de palmas inmensas abatidas por el viento, ni oía el bullicio de la gente o los carros atascados en medio del tráfico. Miré al cielo, y noté que en las nubes aún quedaban rastros de manchas carmesí pintadas por el sol.
El entorno se me hizo muy familiar y supe que estaba por llegar, entonces la vi en la puerta.
- ¿Sabes qué día es hoy? – me preguntó radiante, pasando por alto que no hablábamos desde hace una semana. La miré, casi como a Julia, intentando descubrir lo oculto en sus palabras. Me destrozó la belleza en sus ojos y enseguida olvidé cuanto había pasado por mi mente.
- Es sábado – respondí, y de inmediato noté que me escudriñaba el rostro-. No te esperaba – añadí.
La joven que tenía delante, mi novia hasta donde yo sabía, empezó a moverse de un lado a otro sin saber qué hacer.
- Lamento – comencé a decir al notar que seguía pendiente de mí - mucho lo que pasó, no sabes cuánto me alegra verte.
Me miró un momento y siguió en lo suyo, como si no fueran las palabras correctas. Se alejó de la puerta y se sentó en un angosto muro de piedra que estaba a la altura de una banca. Aún no oscurecía y, todavía podía ver su cabello mecido por el viento; su imagen estaba allí, a un paso mío, pero sus ojos daban a entender que sumida en sus pensamientos, permanecía muy lejos.
- Lo has olvidado – sentenció -. No sé cómo llegué a pensar lo contrario – murmuró, tan bajo que apenas alcancé a escuchar.
Entonces me miró. Sus ojos me atravesaron el alma con una mezcla que se debatía profundamente entre el amor y el resentimiento; aquel disparo sin misericordia tocó en lo más profundo de mi espíritu, y entonces mi mente revivió los últimos recuerdos con claridad.
Ambos habíamos discutido por varias razones que terminaban siendo una sola: Julia. Aquella chica que aparecía y desaparecía de mi vida como si pensara que yo le pertenecía, era el centro en torno al cual giraban los problemas. Pero ahora se había ido, y aquí estábamos de nuevo los dos; dispuestos a amarnos igual que hace un año…
¡Por supuesto! Era nuestro aniversario, ella me lo había estado insinuando desde mucho antes. Recordé la caja de chocolates que guardaba en la chaqueta dispuesto a enmendar el error. Julia no importaba, aquí y ahora me desharía de su último recuerdo.
Me acerqué decidido y me arrodillé, al tiempo que le acariciaba el rostro y sacaba el oportuno presente del bolsillo de interior de mi abrigo.
- Jamás lo olvidaría – le dije, estrechándola en mis brazos con lo que le intentaba transmitir las más sinceras disculpas.
Ella no cabía en sí de la alegría, y me reprochó por ser tan desconsiderado y fingir todo aquello, pero al tiempo me agarró del brazo y juntos entramos al apartamento. Más tarde, salimos bajo la promesa de que yo había planeado una cena para los dos y que aquellos chocolates eran solo un detalle formal.
Por la noche y bajo el delirio, la muchacha se consideraba más que afortunada; tomó otro chocolate de la caja y su dulzor ponzoñoso le incitó al sueño, el veneno corrió lentamente por su sangre, al tiempo que su mente se sumía en las tinieblas más profundas, detrás de la última puerta.
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