lunes, 11 de abril de 2011

Guerra y ambición.

Bajo un cielo teñido de un hedor humanado
donde los gritos se pierden entrelazados con llanto
el viento no corre libre, sólo emite aquel gemido:
el eco de la tierra, de una tierra que sangra.

Atrapada entre nudos está la voz del destino
que es destino únicamente porque lleva nuestra firma.
Allí el humo se alzó, y el fuego no es el culpable;
el humo es insignia nuestra de una ceguera inefable.

Mil almas se levantan, mil almas que se arrastran
llamadas por la muerte que abraza casi viva,
el corazón de aquellos que en un visto y no visto
cavan su propia tumba de aquello que no es suyo.

Y la mano no levanta del suelo un hombre herido,
sólo arranca con fuego las entrañas, lo que brilla,
con el destello rojo de la sangre traidora
que no aguanta, se quiebra, bajo el peso del oro.

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